viernes, 11 de enero de 2013

Cuentos Egipcios del Ayer para Hoy.

Isis y los siete escorpiones



El malvado dios Seth desconocía que Osiris e Isis tuvieron un hijo llamado Horus. Isis y Horus aunque se mantuvieron ocultos durante largo tiempo, Seth los encontró y los encerró. 


Cuando caía la tarde y con la ayuda de Thot, dios de la justicia y la verdad en la tierra y el cielo, escaparon de su prisión. Para la travesía de su viaje Thot envió siete escorpiones mágicos para guiarles y protegerles.



Tras un largo viaje por la Tierra de Egipto, llegaron a Per-Sui, ciudad donde se venera al cocodrilo. Isis y su hijo llegaron muy fatigados y con ganas de descansar. Vieron una casa cercana a las marismas donde, en la puerta, se encontraba una mujer muy rica llamada Usert. Pero al ver los siete escorpiones que los acompañaban, se negó a ayudarles y les cerró la puerta de su casa. Al poco rato de este mal encuentro, encontraron donde descansar, pues una mujer pobre los albergó amablemente en su casa.

Los escorpiones, a pesar de todo, estaban muy enfadados por la actitud de la mujer rica, y decidieron darle una lección por su falta de caridad. Le dieron todo su veneno a su jefe, Tefen, quien entró en la casa de la mujer rica y de este modo picó a su hijo que estaba durmiendo. La mujer comenzó a llorar pidiendo ayuda, pero nadie acudía a socorrerla. Sin embargo, la diosa Isis al escuchar los gritos de dolor de la mujer, salió corriendo para ayudarla. Cogió en brazos a su niño y ordenó al veneno mortal mediante sus palabras que saliera de su pequeño cuerpo, y de este modo se salvó de la muerte.




La mujer de nombre Usert, se dio cuenta de que Isis, la Señora de la Magia, había salvado la vida de su hijo, a quien antes sin consideración ninguna había negado hospedar. Sentía tales remordimientos por su acción y a la vez tal agradecimiento por la acción de Isis de salver a su hijo que le ofreció toda su fortuna. Isis agradecida aceptó solo la mitad de lo que le ofreció  y se lo dió a la mujer pobre de las marismas que le ofreció su casa sin temor alguno. 


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